21 de noviembre de 2007

Jorge Rodríguez Padrón: palabras de presentación de "Cuerpo sin mí"


Reproducimos, por su interés, la intervención de Jorge Rodríguez Padrón durante la presentación en el Hotel Kafka de Madrid, del libro de poemas Cuerpo sin mí , con el que el poeta barcelonés Eduardo Moga ha retornado a la colección Bartleby Poesía donde ya publicara hace nueve años, El corazón, la nada, segundo título de nuestro catálogo poético:
"Debo reconocer que, en un primer momento, el título me desconcertó un poco: Cuerpo sin mí... Pero puse el oído (en poesía todo es oír, saber oír) y alcancé su tono y su sentido: había (hay) algo del sinvivir de los místicos, de su desprendimiento; algo que nuestra poesía ha dejado casi siempre de lado, y así le va. Como si aquello fuera cosa de un tiempo ya cerrado, historia de la literatura o, lo que es peor, materia clerical y no apertura al fundamento religioso de toda experiencia que sea poética de verdad. Esta es una cuenta pendiente de nuestra crítica literaria, de todo nuestro pensamiento (salvo escasísimas excepciones), que, según parece, no ha habido manera de resolver. E, inmediatamente, la referencia que Eduardo Moga hace de Zanasis Jatsópulos (poesía como "meditación de los sentidos") acaba por aclararme definitivamente el porqué del título, incluso antes de entrar en materia.

Porque este libro supone una entrada, un acceso (y luego habitación: volvemos a la mística y sus moradas) a un espacio que es ámbito de concurrencia de las cosas y de cuanto las sobrepasa. Digo las cosas en su ser más estricto; no hablo de esa realidad convencional, con su significado ya puesto, disponible para su uso. En poesía, algo inadmisible a estas alturas, por más que haya tantos poetas, y tantos críticos, que no lo vean así, que no quieran verlo así. Una entrada, por tanto. Y quien entra —este sujeto poético que no se esconde, que no elude su responsabilidad— resulta ser también él mismo materia corporal en el trance de su despojamiento; también cosa, en el sentido ya dicho que es su verdad. Un viajero peculiar ocupa este espacio y nos invita (hasta nos obliga cordialmente) a entrar con él. Mas no para esmerar qué nos diga, y mucho menos para animarnos a interpretarlo (otro de los errores de la poesía y de su lectura). La clave está en leer para habitar con él el sitio, para hallar con él y participar del hallazgo... Más que pensar (aunque se deba), el asunto aquí es de asombro y de interrogación. Razón de vida la razón de la poesía: "buscamos —escribe Moga— el abrigo/ de un mundo (...) en cuyos límites empiece/ de nuevo el mundo".
Entrada, pues. Y también camino: caminar por el ámbito habitado para hallarse, para sentirse ser: "por qué me pliego/ a este oscurecimiento, y confío/ en la palabra, y mezclo mi materia/ con la materia/ inexplicable de la tierra". Así lo deja dicho el poeta; y mucho mejor que con ese párrafo mío anterior, tan torpe, que sólo ha quedado en pobre redundancia. Camino que se manifiesta, poco a poco, como precipitación imparable, una curiosa —y significativa por atrevida— sensualidad de desgaste ("la cruda efervescencia de la extinción") en el trato común con las cosas, con el mundo: evidencia pura de los objetos o de ciertos lugares reconocibles, por donde se aborda su transparencia: don de la claridad para "apresar el mundo" en una celebración que nunca se disimula, ni hay por qué. Ahí el centro compartido por Eduardo Moga con nuestra mejor poesía, ese territorio tantas veces eludido por los poetas (y no digamos por la crítica), a causa de la complejidad que, si se le tomara en cuenta, habría que afrontar: "Yo soy el pájaro,/ y la incertidumbre del pájaro, y lo arbóreo/ de su vuelo, y el aire". Ahí es nada la pretensión...
Desde hace tiempo, mucho tiempo, vengo repitiendo (con más bien poco éxito, a qué engañarnos: los aludidos hace como que no) que para este mundo (y declaro abiertamente que no es mi reino) sólo la poesía, en tanto que verdad, es el único lenguaje que nos redimirá de la pugna económico-política, trampa de un compromiso que se quiere reinstaurar, pero que (ya lo supimos y lo sufrimos) sólo secuestra los significados y alza por ello barreras de permanente confrontación; es pobre servidumbre al tiempo cicatero de la historia, ése que "ocupa/ el aire y sangra por los orificios/ del aire", ajeno por completo al vigoroso encuentro de aquella celebración que es tacto de la mirada, de esos ojos prensiles que "exploran/ las inclemencias/ de lo visible y localizan/ lo inexistente, y lo maniatan;/ pero no dura". Subrayo la contundente brevedad de este último verso; la vibración de una experiencia restante; convicción de la carencia, después de todo. Única enseñanza de la poesía; pero que no es prédica moral, sino responsabilidad de quien pone la palabra en juego, y la da, sin buscar pulpito o altura desde donde proferirla sin riesgo. Eso, quienes imponen la soberbia de su estar a la evidencia de ser. No, no hay lenitivos.
Consecuencia: la peculiarísima deriva del ritmo en este poemario, soporte vertebral de su conjunto. Porque Cuerpo sin mí no es la suma de diversos poemas unidades; se trata de los pasos sucesivos de aquel caminar, en un continuo rítmico que busca su salida final; tal el poema, que se prolonga y es penetración a más de lo que dice, con esa construcción iterativa que lo lleva, sin enredos ni laberintos, en una prodigiosa (en el sentido estricto de prodigio) iluminación de rara apariencia: vivísimamente sensorial y hondamente reflexiva a un tiempo. Y entre aquel comienzo y esta salida, la confesión tiende un puente. Leamos: "Asisto, inerme, a su refutación./ Alguien grita. ¿Soy yo?". Esta interrogación, ¿es el grito o nos advierte de quién lo profiere? Habrá de leerse en esta doble dirección, o nos quedaremos en lo meramente superficial. Pues, a medida que se avanza, mayor riesgo se afronta y menos posibilidades habrá de volver atrás, de renunciar a una experiencia asumida ya como verdadera existencia. Porque se acelera aquella precipitación que decíamos "por este deshacerme/ en el que estoy recluido" (así lo certifica nuestro autor), hacia un "último centro, donde ya no hay/ crepúsculo ni tiempo, ni esperanza,/ sino un largo nacerse, oscuro y tenso/ como la luz". Viene aquí muy al caso un verbo, de sugestiva significación en el español de Canarias: alongarse (que en mis islas define exactamente la acción de asomarse demasiado en un lugar alto, con peligro de caer), alongarse —ínsito— hasta el fermento de un muerto luminoso, desde "esta serenidad/ que esconde tanto pánico".
¿Qué tiempo el de esta experiencia? Un presente que persiste, en su naturaleza poética; un pasado que elude toda horizontalidad discursiva, gracias a su deseo de continuidad, sutileza de un irse que es quedarse. Porque estos poemas de Eduardo Moga completan una experiencia que, al verbalizarse, se quiere hacer posible, visible sin renunciar por ello a su invisibilidad. Experiencia de ese camino de existencia verbal orgánica, de verdadera respiración primordial que tanta falta hace a nuestra poesía para que tenga voz, para que no quede sólo (como queda habitualmente) en escritura, por disciplinada que ésta sea. Y así leemos, de principio a fin, la tensión acuciosa que mueve el discurso unitario y cohesivo de Cuerpo sin mí. Una tensión ajena por completo al equipo poético habitual, ése que la crítica tiene por canon, por modelo, en la poesía española de esta hora, pero que sólo va por lo liviano y superficial. Una tensión que actúa sobre dos elementos esenciales, que esos poetas y esa crítica no parecen considerar motivo de reflexión y debate: primero, el ritmo, que no es medida y verso que se usen, sino respiración —ya dije— que hace al uno y a la otra; luego, el léxico (nombre y su epifanía; moderación sutil y precisa del adjetivo, no su deplorable proliferación que todo lo tapa). Tensión, en fin, que se manifiesta en la disposición del sujeto a entrar y a entregarse en el alongamiento y descendimiento que vimos: en vez de cuento, con su aburrida reiteración de lo mismo, hallazgo de un centro impulsor para un doble movimiento y su verticalidad: porque al descendimiento sucede una ascensión imprevista, sorpresiva, pura elevación que Moga dice, escribe, así: "miro y me sé hecho, eternamente/ naciendo en cada/ palabra fatigada/ y exacta".
JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN